El muflón (relato)

Aunque siempre las afronto con un punto de inconsciencia, sabía que la jornada iba a ser larga y dura.

El fresco de la madrugada iba dando paso al calor, pero gracias a la orientación Norte, y a lo profundo de la garganta, se mantenía una temperatura ideal para la ascensión.

Hacía ya tiempo que había dejado atrás a una pareja de montañeros que iban a llevar a cabo una actividad parecida a la que yo estaba intentando, y estaba disfrutando plenamente paisaje, esfuerzo y soledad.

Concentrado en mis pensamientos -que surgían acompasados al ritmo de las dificultades- apenas alcancé a ver un movimiento en el mismo límite de mi campo de visión. Sabía -por los estudios previos que había hecho de la ruta- que en la zona había muflones, pero ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de avistar un ejemplar. Por eso deseché la posibilidad de tener tanta suerte… y seguí ascendiendo. ¡Otra vez me pareció ver algo! Me detuve y aguzando la vista pude diferenciar su silueta sobre el fondo de granito y basalto… sin duda era un muflón, y también se había quedado quieto para observarme desde la margen opuesta de la garganta. Parecía un macho adulto, de buen tamaño.

Muy ilusionado, intenté cazarlo con mi cámara fotográfica. Por la distancia el zoom digital de mi pequeña cámara no me permitió siquiera enfocar, y en cualquier caso la foto hubiera resultado pésima. En realidad, ya lo sabía, ¡pero los nervios me impedían pensar! Así que me concentré para poder recordar el momento sin la ayuda de una fotografía.

Tras saborear el avistamiento intensamente, decidí proseguir la ascensión. De vez en cuando miraba atrás, buscando al muflón. Pero el cambio de punto de vista me había hecho perderlo.

En su ascensión, la garganta se iba haciendo menos profunda y más estrecha. Mirando con preocupación lo que parecían nubes de evolución aproximándose a la cima, escuché un pequeño desprendimiento y volví a avistarlo, justo cuando atravesaba una pedrera. Todavía al otro lado de la garganta, pero mucho más cerca, parecía que había ido avanzando junto a mí, aunque un poco retrasado. Desde luego era un macho adulto, a unos 200 metros de distancia. Estático mientras me observaba, su apariencia era imponente.

Presa del momento mágico, me costó ponerme de nuevo en marcha. Aún tenía que hacer cima y posteriormente descender, esta vez por la cara Sur… es decir, aún me quedaba mucho, y no podía entretenerme demasiado.

No tardé en darme cuenta de que el muflón progresaba con facilidad en paralelo a mí, al otro lado de la garganta.

Yo iba siguiendo la combinación de señales (marcas naranjas e hitos) que delimitaban el camino más sencillo a la cima, atravesando pedreras, canchales y realizando trepadas sin demasiada dificultad… sin dejar de vigilar al muflón, que manteniendo la distancia, progresaba con majestuosa seguridad a través de sus dominios. Cuando lo perdía de vista, al poco aparecía de nuevo con parsimonia, como si me esperara.

Así, poco a poco los metros de desnivel se iban incrementando. El final de la garganta coincidía con un pequeño collado, dominado por un ibón seco, ligeramente por encima de los 2.000 m de altitud. La vegetación era ya muy escasa, y se tenía una buena perspectiva de la siguiente porción de la ruta de ascenso, que giraba bruscamente hacia el Oeste, atravesando en diagonal una gran pedrera, para luego pasar a la cara Sur, girando hacia el Este, camino de la cima.

Por la izquierda se ve cómo acaba la garganta en el collado, con el ibón seco y en primer plano la pedrera.

En una atalaya natural, próxima al ibón había una pareja que descansando me observaba. Esta novedad, junto a la cada vez más próxima visión de la cima y la concentración para seguir la ruta atravesando algunas trepadas, me hizo olvidar al muflón que, sin duda, descendió retrocediendo hacia la vegetación.

Tras haber ascendido por la cara Norte con la única compañía del muflón, justo al girar hacia la cara Sur, comencé a encontrar gente que había ascendido por esta ladera. Aunque parecía que la cima estaba ya muy próxima, aún tuve que salvar sucesivas cimas secundarias, bien cresteando, bien rodeándolas.

Tras unas trepadas finales, alcancé una cima ocupada por gente que incluso me impidió sacar una foto solitaria.

En la cima, 2.700 m

Rápidamente inicié el descenso, esta vez íntegramente por la cara Sur (el recorrido no era circular). El descenso era muy duro, por la combinación de cansancio acumulado, calor, fuerte desnivel y pedreras desoladas.

Quizá fue la soledad, o puede que fuera el cansancio… pero no fue hasta ese momento cuando eché de menos al muflón.

Quién sabe porqué decidió acompañarme en la ascensión. Quizá fue sólo diversión, o por curiosidad… Lo mágico es que un animal salvaje, independiente, me acompañó libremente, permaneciendo conmigo sin obtener nada a cambio, hasta que decidió abandonarme, yéndose igual que vino.

Qué puede haber más puro.

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